sábado, 28 de marzo de 2015

Por Freddy Delgado 

Abro mis ojos otra vez y el primer pensamiento que viene a mi mente eres tú, todas las mañanas se repite la misma historia. Ni siquiera me he levantado de la cama y me pregunto: ¿dónde estás?, ¿con quién?, ¿piensas en mí? Sé que las respuestas son obvias.

Me levanto de la cama y lo que hago es robarte un beso. Sé que esto solo pasa en mi cabeza, pero lo disfruto al máximo. Las rutinas de cepillarnos juntos, desayunar, bañarnos, pelear por el desorden, quién se pone esa camisa, quién se la quita más rápido… Son los momentos que extraño. Mis ojos no aguantan y la primera lágrima del día cae. 

Mi imaginación juega un papel importante: Salgo de mi casa, te veo en el autobús, me siento junto a ti y me recuesto en el espejo. Llegué a mi primera parada, me desperté y tú ya no estabas.

Mis amigos me preguntan qué me pasa, con una sonrisa a media respondo que nada. ¿Cómo contar que me muero todos los días sin ti?, ¿cómo contar qué me está pasando?, ¿cómo le digo a todos que aún te quiero sin que se burlen? Ellos solo comentan que no me conviene estar contigo, sin embargo, yo te necesito aquí conmigo, otra vez.

Al almorzar me siento solo, sé que mis amigos me extrañan, no quiero ser grosero con las personas que están en mi mesa, no quiero que crean que soy odioso, pero qué hago, no quiero hablar con nadie, no quiero que nadie me salude, no quiero que nadie me invite al cine, no quiero querer a más nadie, ¿por qué lo debería hacer si a la que quiero es a ti? 

Recuerdo ese día, en el que dijiste: “es mejor que dejemos todo así, es por el bien de los dos. Yo te quiero, pero no puedo seguir así”. ¿Saben algo? Nadie termina una relación por amor, las relaciones terminan porque uno de los dos ya no quiso continuar, no porque se amó demasiado.

¡Me muero!, me muero al saber que todo era mentira, al saber que terminamos y no fue culpa mía, como tú me lo hacías sentir, al saber que no fui lo suficiente para ti.

Llega de nuevo la noche y sé que el día de mañana se vuelve a repetir esta historia. Se vuelve a repetir esta rutina, que le pido a Dios que se acabe, pido que te pueda olvidar, no pido querer, solo olvidar.

Dios, ¿qué debo hacer?, ¿cuánto te debo pedir para que saques a esta persona de mi vida?, ¿será que el amor no se hizo para mí? Trataré de dormir y mañana otra vez a trabajar. 

Vuelve a sonar el despertador, vuelvo a cepillarme, desayuno, me baño, peleo solo… Nada diferente del día anterior; ¡ah!, sí, que voy tarde al trabajo. Corro y corro para poder parar el autobús, si no llego a tiempo sé que será otro fin.

- ¡Pare, por favor, detenga ese autobús!

Lo dije gritando a ver si alguien tenía piedad. Por fin para, y la primera persona que en mi mundo me ayuda a subir a un autobús me sonríe y me agarra la mano. ¿Será que una historia vuelve a comenzar el día de hoy? ¿Será que llega otro ser de ojos claros a mi vida? ¿Será una señal de Dios que el amor sí se hizo para mí?

Esta historia comienza hoy, y lo único que quisiera, es que no fuese solo por hoy. Esperaré que se me haga tarde para ir al trabajo, esperaré lo mismo toda la semana, esperaré que esa misma mano esté junto a mí para ayudarme a subir de nuevo al autobús.

jueves, 26 de marzo de 2015

Por: Daniel Moreno

Las noches en San Cristóbal con escaso dinero, y sin lugar donde entretenerse, te dejan pocas opciones. En la eterna búsqueda de un local económico e interesante, recuerdo la primera vez que fui a donde Otilia, por allá en el 2013. Solo entre rumores y cotilleos conocía el mítico lugar: Es regresar en el tiempo, el perfecto lugar para conversar, es solo para viejos y la cerveza es muy barata (aspecto muy resaltante), son algunos de los comentarios que había escuchado. Distraído y un poco renuente acepté la invitación de amigos, que me exclamaban: ¡Cómo es posible que no hayas ido a donde Otilia! Durante el recorrido nocturno por la Avenida Carabobo, mis expectativas crecían con anécdotas que no compartía: Otilia es todo un personaje, decían; mientras estacionábamos en el lugar por donde muchas veces había pasado sin que llamara mi atención.

Ahí estaba frente al bar de Otilia, con una fachada nada resaltante, resulta una casa cualquiera para el ojo poco observador, con paredes azul y negro. Tocamos, esperando que nos abrieran. Con un click las puertas se abrieron y entramos. Es un golpe tanto visual como auditivo el lugar, realmente fue una regresión. Con un ambiente clásico rememora la década de los 50, mi visión casi se vuelve sepia cuando pasé al lado de la barra donde hombres con mirada perdida y cerveza en mano ahogaban sus penas. Detrás de la barra, una torre de botellas polvorientas y registradoras viejas que se adaptarían perfectas a un museo, objetos añejos que decoran la espalda de un hombre viejo y jorobado, mientras pausadamente sirve los pedidos de los clientes.

Al fondo del lugar la música cobró vida, entre rancheras y boleros que sentí familiares, pues son canciones que mis padres adoran escuchar, veo las mesas y cada una posee un color particular: rojo, verde, naranja y amarillo. Nos sentamos en la verde, al fondo, y uno de mis compañeros, haciendo señas, llama a Hugo para pedirle cuatro cervezas. Mientras llega con nuestro pedido, trato de ver con más detalles los objetos encantados, antiguos y con historia, las paredes forradas por un mosaico de color mostaza y azul oscuro, simétrico, con una textura áspera y un poco descolorido. Acaba la canción en la rockola, sí hay una rockola, ¿no lo había acaso comentado? Con luces azules y moradas que brillan de forma intermitente se escucha cómo el casete es puesto en reproducción, mientras las personas se acercan y con confianza escogen las canciones que quieren escuchar.

Esperamos la cerveza entre temas variados. El lugar trasmite un sentimiento hogareño, de confianza. Pausadamente, se acerca Hugo con su joroba, y de forma muy talentosa carga cuatro cervezas en su mano izquierda. Es un hombre viejo y arrugado, con una expresión un poco amargada, deja las cervezas en la mesa y vuelve a la barra donde, en ese preciso instante, se posan todas las miradas, y se escucha en susurros: ahí está, salió y miren, ¡Otilia!; esta mujer que sale fantasmalmente, rodeada por un aura de humo, aparece imponente, maquillada en todo su rostro, con un copete, grandes sarcillos y un vestido de escarcha, se pone detrás de la barra y sirve una cerveza a un hombre que acaba de llegar y de inmediato busca consejo en su anfitriona. Muchas son las historias que rodean a la dueña del bar. Trabajadora sexual en su juventud, ahora es ícono de una ciudad que trata con esfuerzo de conservar su identidad.

Al verla es atrapante su presencia. Serena, sirve los tragos a todos los recién llegados, clientes que la saludan con cariño, como si la conocieran de toda la vida, incluso unos le piden la bendición a lo que ella atenta responde Dios me lo bendiga. Surge de ahí la anécdota que ahora entiendo es habitual (aunque eso no le quita lo sorprendente), donde se habla de la maternidad de Otilia y del hecho asombroso de que su hijo Hugo sea 30 años mayor que ella (o al menos lo parece), y así me va invadiendo el confort que se refleja en los rostros de los demás comensales. Asumo que una combinación del ambiente y la cerveza que pasa por mi garganta, me lleva incluso a poner El último beso en la rockola, única canción que reconozco por título, de toda la selección.

Y así, luego de dos agradables horas, nos retiramos con solo 150 Bs. menos en mi bolsillo y con una grata impresión, el bar de Otilia es un lugar detenido en el tiempo, evocador de nostalgia, refugio para sus clientes, quienes bajo su brazo cuentan sus pesares y alegrías, como si de una madre se tratase, escucha atenta.


Con un click, el seguro de la puerta se abre y salimos a la calle y a la realidad de la ciudad. La vida vuelve a ser tumultuosa y estamos de nuevo en el 2013, volteo y veo el bar antes de partir y un cartel que revela su verdadero nombre: El jarrón de Baviera. Esto me demuestra que Donde Otilia es un lugar lleno de sorpresas.
Otilia. Fotografía Daniel Moreno

miércoles, 25 de marzo de 2015

Por Lotty Guerra

La cultura tachirense ha destacado por generaciones. A lo largo del tiempo hemos presenciado el surgimiento y desarrollo de artistas que, por su talento, han salido de nuestras fronteras. El talento abunda en las calles, en los teatros, en los salones de clases, en los sótanos de las casas; el arte forma parte de la vida cotidiana del sancristobalense: lo ve en los grafitis, en los murales, en las formas retorcidas de los árboles centenarios. Esto es así, y seguirá siéndolo, porque contamos con el apoyo de quienes creen que el arte es un camino para encontrarnos y reconocernos, es una marca de identidad. 

El Masato Cultural ha organizado un evento llamado “Viernes de Aroma”, el cual se realizará este 27 de marzo. Podrás disfrutar de la presencia de La Pomme, una banda regional, que fusiona géneros e instrumentos; un fragmento de la obra Carmen, interpretado por Entredanza, grupo dedicado a la danza clásica y contemporánea; una puesta en escena de algunos de los integrantes de La Femme, revista literaria de poesía y, por último, un monólogo teatral. Estos artistas tachirenses compartirán con nosotros su talento y nos brindarán una tarde amena. 

¡Ajusta tu agenda y no te pierdas este espacio dedicado al arte! La entrada es libre y el lugar de encuentro es accesible: el Salto Ángel Bar and Lounge, ubicado en Barrio Obrero, calle 14 con carrera 21 (diagonal a la Dulcería Andina), a partir de las 3 p. m. Síguenos a través de nuestras redes sociales y te mantendremos informado sobre este y otros eventos. 

Masato Cultural: “Fermentando la Cultura”


Masato Cultural

Espacio de promoción cultural dirigido por estudiantes de la carrera de Comunicación Social, cuyo fin es informar periodísticamente sobre los eventos culturales realizados en el estado Táchira, Venezuela

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